martes, 23 de febrero de 2010

El superhombre de las masas (Eco)











La primera teoría de la intriga nace con Aristóteles. El hecho de que éste la aplicase a la tragedia y no a la novela para nosotros resulta irrelevante; tanto más cuanto que desde entonces todas las teorías de la narrativa se han basado en dicho modelo. Aristóteles habla de la imitación de una acción -esto es de una fábula, de una secuencia de acontecimientos- que se realiza mediante la elaboración de una intriga y de una secuencia discursiva. Con relación a la fábula, el trazado de los caracteres -esto es la psicología- y el propio lenguaje -el estilo, la escritura- son totalmente accesorios. Resulta, pues, fácil imaginar la existencia de una entidad narrativa, que abarcaría las relaciones tanto dramáticas como romanzesche. La receta aristotélica es bien sencilla: tómese un personaje, con el que pueda identificarse el lector; que no sea decididamente malo ni tampoco demasiado perfecto, y hágase que le ocurran sucesos tales que pase de la felicidad a la infelicidad o viceversa, a través de múltiples peripecias y distintas escenas de reconocimiento. Tiéndase el arco narrativo hasta más allá de todo límite imaginable, de suerte que el lector y el espectador sientan piedad y terror a un tiempo. Por fin, cuando la tensión llegue al extremo, hágase intervenir un elemento que deshaga el nudo inextricable de los hechos y las consiguientes pasiones. Se tratará de un prodigio, de una intervención divina, de una revelación o un castigo repentino: lo que en cualquier caso debe producirse es una catarsis, término que en Aristóteles no está muy claro si significa una purificación del público, aliviado del peso con el que la intriga, insoportable ya, le había cargado, o una purificación de la propia intriga, que finalmente encuentra una solución aceptable, coherente con la idea que tenemos del orden lógico (o fatal) de los acontecimientos humanos. Y aquí se acabó la historia. Al dar esta receta, Aristóteles    autor no sólo de Poética, sino también de Retórica   era perfectamente consciente de lo que los parámetros que hacen aceptable o no una intriga no radica en la propia intriga, sino en el sistema de opiniones que regulan la vida social. Para resultar aceptable, la intriga debe ser, pues, verosímil, y lo verosímil no es sino la conformidad con un sistema de expectativas compartido habitualmente por el público. En cuanto a la piedad y el terror, es curioso que estos conceptos no los defina en la Poética    que trata de la estructura de las intrigas    , sino en la Retórica, que trata de las opiniones del público y de la forma de utilizarlas para suscitar efectos de consenso. (7-8 p.)








[Eco, U (2009). El superhombre de las masas. México: Gandhi.]



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