martes, 31 de agosto de 2010

¿Amar es sufrir, querer es gozar?




Las formas literarias e ideológicas del amor que han formado las grandes industrias cinematográficas y los grandes autores en sus diversas corrientes de expresión, nos han arraigado una especie de masoquismo y fundamentación de “si el amor no duele no es amor” así como las altas expectativas hacia la pareja, buscando así, al príncipe azul que nos lleve a ese amor eterno.



Estoy muy de acuerdo en que las reacciones que se producen en nuestro cerebro cuando nos enamoramos no tienen límite. Se dice que la sensación de volar, se consigue únicamente de dos maneras: drogándote o enamorándote. Yo no estoy segura de que estas dos formas, tan diferentes en su valoración social, sean realmente muy distintas entre sí.

El amor se ha magnificado de tal manera que es muy frecuente oír expresiones que lo sitúen a la altura del dios en el que muchos no creemos. No sólo se trata del refranero, sino de las canciones, las películas, las novelas, las poesías... Las manifestaciones culturales están cargadas de amor, y sobre todo de desamor: “no puedo vivir sin ti”, “te extraño, "pienso todo el día en ti”, “me siento vacío”, “el dolor que siento es infinito”... Casi se podría deducir de ellas que el amor, más que la cosa maravillosa de la que todo el mundo habla, es una verdadera tortura. En definitiva, todas vienen a decir lo mismo: vivir sin amor es lo mismo que estar muerto.


Si bien es cierto que el amor se encuentra en todas partes, la ausencia de amor conmueve casi más que su presencia, es decir, todo el mundo quiere amor y, lo que es más relevante, todo el mundo necesita amor pero no se interpreta como amar a tu madre, a tu perro o a tu amigo, nos enfrascamos tanto en nuestro deseo de amar al mero estilo Dinsey que éstos se convierten en amores serie B, de segunda división, que poco o nada tienen que ver con lo que algunos se atreven a denominar amor y que se convierte en lo más lindo que hay para sentirte realizado y en paz con uno mismo y con el mundo. O eso dicen. Y esto, a pesar de que pueda parecerlo, no lo digo desde el resentimiento de la infortuna ni desde el cinismo de la enamorada.

Es así como el amor se convierte en una verdadera tortura, sobre todo si la persona en el estado embriagante, deja de lado cualquiera de las actividades realizadas con anterioridad o las que pasan a ser una sola persona y ya no se identifican como seres independientes sino como dirían “uno mismo”.


Particularmente, lo que más me llama la atención es cómo ese cambio sustancial como consecuencia de haber encontrado el amor se convierte en legítimo, es decir, se acepta y se considera normal. Pero cuidado y alguien lo contradiga ya que inmediatamente aparecerá la afirmación tajante: “no lo entiendes porque no estás enamorado”. Que es tanto como decir “no entiendes cómo vivo mi vida porque tú vives la tuya como si estuvieras muerto”. O sea, no estás muerto, pero yo vivo a otro nivel. Lo cual es magnífico, claro si vives en una comedia romántica de película y al final, surge una pantalla negra y tu vida se detiene. Porque resulta que, normalmente, la vida sigue, las cosas se terminan, las relaciones se acaban, los sentimientos desaparecen y las prioridades cambian.

El amor no consiste en que alguien tenga que renunciar a todo lo que es, a lo que siente, a lo que tiene y a sus opiniones para estar con otro. Estos sacrificios que se suponen románticos en el imaginario colectivo y que se venden como el ideal de amor verdadero, pueden llegar a ser muy peligrosos y contraproducentes para las personas. Sobre todo para las que viven en el mundo real... Puede que te enamores y seas correspondido. Qué bueno. Pero eso no significa que tengas el resto de tu vida solucionado sin mover un dedo y que vayas a ser feliz para siempre. Del mismo modo, puede que te rompan el corazón o que nunca hayas tenido quién te lo rompa, pero eso no es el fin del mundo. Nadie se muere de amor, a menos que así lo decida.

Por eso y muchas otras cosas más, aunque muchos príncipes azules andaban por el bosque, Capelushita prefirió quedarse con el Lobo, porque él la ve mejor, la escucha mejor y sobre todo, come mejor.
María Luisa Hernández

viernes, 13 de agosto de 2010

HOY

Llueve: llovizna.



El frío es tan espeso como la ausencia;



el fuego, tímido.



Sólo tu cuerpo podrá salvarme.

jueves, 4 de marzo de 2010

Las vías de la dominación


Umberto Eco en "El superhombre de las masas" describe las características de la novela de entrega (folletín) en los s. vxiii y xix. De entre las apreciaciones que hace destaca la del argumento, el cual tiene como fin mantener la tensión entre la historia y el lector (el proletariado). Que se basa las más de las veces en la promesa del consuelo y la posesión del poder y, por supuesto en la espera del "Mesías" que le libere de la opresión.

Sin embargo el poder en este sentido se concentra en el héroe y: "Al superhombre no le pasa en ningún momento por la cabeza que el populacho pueda y deba decidir por su cuenta, y por lo tanto nunca lo vemos iluminarlo ni consultarle. En medio del frenesí de su virtud, vuelve a situar una y otra vea a la plebe en su papel de subalterna, y actúa con una violencia represiva tanto más mistificada por cuanto adopta los ropajes de la salvación". (p. 91)

Lo que más adelante dice Eco es revelador y tan próximo a la sociedad actual, con sus diferencias, por lo menos a la mexicana. "Quien es víctima de su fascinación, vive su experiencia onírica como el lector de la novela popular, que pide a las páginas fantásticas que lo consuelen con imágenes de justicia impartida por otros, que le hagan olvidar que en realidad esa justicia le ha sido arrebatada". (p. 92).

Somos presa, por lo tanto, aún de una conciencia ingenua incapaz de ver más allá de donde lo inmediato.

[Agradezco la imagen a Ces Rodríguez]

martes, 23 de febrero de 2010

El superhombre de las masas (Eco)











La primera teoría de la intriga nace con Aristóteles. El hecho de que éste la aplicase a la tragedia y no a la novela para nosotros resulta irrelevante; tanto más cuanto que desde entonces todas las teorías de la narrativa se han basado en dicho modelo. Aristóteles habla de la imitación de una acción -esto es de una fábula, de una secuencia de acontecimientos- que se realiza mediante la elaboración de una intriga y de una secuencia discursiva. Con relación a la fábula, el trazado de los caracteres -esto es la psicología- y el propio lenguaje -el estilo, la escritura- son totalmente accesorios. Resulta, pues, fácil imaginar la existencia de una entidad narrativa, que abarcaría las relaciones tanto dramáticas como romanzesche. La receta aristotélica es bien sencilla: tómese un personaje, con el que pueda identificarse el lector; que no sea decididamente malo ni tampoco demasiado perfecto, y hágase que le ocurran sucesos tales que pase de la felicidad a la infelicidad o viceversa, a través de múltiples peripecias y distintas escenas de reconocimiento. Tiéndase el arco narrativo hasta más allá de todo límite imaginable, de suerte que el lector y el espectador sientan piedad y terror a un tiempo. Por fin, cuando la tensión llegue al extremo, hágase intervenir un elemento que deshaga el nudo inextricable de los hechos y las consiguientes pasiones. Se tratará de un prodigio, de una intervención divina, de una revelación o un castigo repentino: lo que en cualquier caso debe producirse es una catarsis, término que en Aristóteles no está muy claro si significa una purificación del público, aliviado del peso con el que la intriga, insoportable ya, le había cargado, o una purificación de la propia intriga, que finalmente encuentra una solución aceptable, coherente con la idea que tenemos del orden lógico (o fatal) de los acontecimientos humanos. Y aquí se acabó la historia. Al dar esta receta, Aristóteles    autor no sólo de Poética, sino también de Retórica   era perfectamente consciente de lo que los parámetros que hacen aceptable o no una intriga no radica en la propia intriga, sino en el sistema de opiniones que regulan la vida social. Para resultar aceptable, la intriga debe ser, pues, verosímil, y lo verosímil no es sino la conformidad con un sistema de expectativas compartido habitualmente por el público. En cuanto a la piedad y el terror, es curioso que estos conceptos no los defina en la Poética    que trata de la estructura de las intrigas    , sino en la Retórica, que trata de las opiniones del público y de la forma de utilizarlas para suscitar efectos de consenso. (7-8 p.)








[Eco, U (2009). El superhombre de las masas. México: Gandhi.]



miércoles, 27 de enero de 2010

Ideas, tres taxistas

DSC00205.JPGNo puedo más, sí, sí, si puedo. -dijo- sin notar la cantidad de sangre que había derramado. Sólo se levanto, miró el horizonte y comenzó a caminar. Siguió así durante algunas horas, más de las que cualquiera hubiese conseguido andar. El sentido de estar por ahí; de ser era oscuro. Nada, absolutamente nada, tenía sentido. Si no lograba comprender las causas mucho menos los efectos.



La luz solar se difuminaba cuando en el horizonte se dejaron ver signos de vida. Era un rancho de pocos habitantes y extensas tierras. La distancia entre una casa y otra era de centenares de metros. Más por las ideas que le carcomían que por salvar la vida logró llegar a la primera de las casas, aunque, en el mejor de los casos, parecía un lugar donde alguien desesperadamente había logrado instalarse para dormir una noche. Con voz trémula, seca y apenas audible, dijo: ¡Buenas noches! Aunque lo decía mecánicamente, obligado por una tradición cultural que a esas alturas salía proyectada desde el inconsciente para salvar la vida.




A la exclamación siguió un silencio sordo y agudo e insoportable. Que inmediatamente, con mayor convicción, repitió:¡Buenas noches! Agacho la mirada y, murmuró -si hubiese vivido-.







Al momento de mirar cuán lejos estaba la próxima casa. Un rostro claroscuro en la carencia de luz, se le reveló, como se nos revelan las grandes ideas.







-Qué quiere -le dijo con autoridad y machete en mano-.



-Que me ayude, contesto suavemente.


-Si no me dices a quién o que es lo que jodidos buscas (silencio), te mato, me oyes, te mato -gritó-.


-¡Ayúdeme! Máteme, se lo súplico, hágalo. Ordenó desfallecido.






La seguridad del campesino se derrumbo. Se dijo, ya no sé que chingados pasa, aquí nosotros nos partimos el lomo por vivir y este se apresura a morir.




-¿Qué te pasa? le dijo.


-Nada.


-Me gustaría ayudarte, pero yo no mato a cobardes y ni tengo en mi casa cómo atenderte, así es que mejor vállase.


-Pero cómo así.


-Pues como llego.


-No me entiende.


-Pues...



Todavía no terminaba de hablar cuando se derrumbo aquél que clamaba su ayuda.